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Two-Lane Blacktop

25 octubre 2009

Carretera asfaltada en dos direcciones (Two-Lane Blacktop, 1971).

De Monte Hellman.

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En el último número de la revista Cahiers du Cinéma España aparecen unos textos (artículo y entrevista) acerca del director Monte Hellman, apadrinado por Roger Corman en sus comienzos y admirado por Tarantino, que ahora se encuentra rodando su próxima película, Road to Nowhere.

El otro día vi Carretera asfaltada en dos direcciones (Two-Lane Blacktop, 1971), una extrañísima y vanguardista road movie que tiende a la abstracción. Dos personajes sin nombre se ganan la vida en duelos de alta velocidad con otros conductores a los que retan y encuentran en el camino. En su recorrido, se cruzan con otro conductor sin nombre, interpretado por Warren Oates, y con una chica sin rumbo, que salta de unos a otros. Llama la atención los escasísimos diálogos, la parquedad expresiva de los actores y el tono sobrio y seco de la propuesta, verdaderamente lacónico, que evade la dramatización y no alza la voz. Asimismo, se percibe cierto fetichismo a la hora de tratar y retratar los automóviles. Digamos, por lo tanto, que Hellman dirige una película atípica, personal, vaciando la escena y mostrando cuerpos y máquinas en acción, en movimiento. Una obra, en fin, que no desentonaría si se estrenara ahora, pues su modernidad y sus características permiten que se disfrute de ella sin tener muy en cuenta el contexto de su época, sitúandola en común con ciertas propuestas actuales que apuestan por el vaciado, el minimalismo y el peso del entorno, del ambiente. En definitiva, uno de sus valores es su atemporalidad, su no esclavitud a un tiempo de determinado y su condición de mantener la frescura sin envejecer.

Desasosegante, desconcertante, atmosférica e intrigante (famosa es, además, por el plano que se quema), dicen que es una de las road movies más puras que el cine nos ha dado. Richard Linklater, por ejemplo, es un admirador absoluto, y ha llegado a establecer 16 razones por las que hay que ver esta película: CLICK!.

Y enlazo una excelente crítica de esta hipnótica película en Miradas de cine, en donde se explican sus muchas virtudes con profusión: CLICK!.

PD: A corto plazo, volveremos a hablar de Monte Hellman en este blog.

PD2: Vía Focoforo, aquí tenéis una ilustración de Mauro Entrialgo acerca de la obra de Hellman: CLICK!.

The Orphan, The Children y Grace

24 octubre 2009

Tres películas recientes se refieren a los infantes malévolos, y bajo este encuadre aprovechamos para hablar brevemente sobre ellas:

The Orphan (2009) supone un paso adelante para su director, Jaume Collet-Serra, tras la, al fin y al cabo, delirante La casa de cera. Mediante mayores medios de producción, intérpretes más convincentes y un guión mejor elaborado, el catalán ofrece una película cuya virtud principal es la corrección en sus diferentes apartados. Bien es cierto que no se libra de los clichés formales del género (léase: algunos sustos típicos fabricados con apariciones repentinas y subidas sonoras) y resultan forzados detalles irritantes como las escasas luces del personaje de Peter Saarsgard (que representa el colmo de la memez), la nulidad de la psicóloga o el consabido aislamiento de la madre interpretada por Vera Farmiga (a la que, como era previsible, nadie cree), pero, con todo, el film se mantiene a flote gracias a la potente presencia de ese gran descubrimiento llamado Isabell Fuhrman (un total acierto de casting dando vida a la perversa Esther), la credibilidad de los niños, la buena labor de la citada Farmiga y el trabajo, en general eficaz, de un realizador esforzado por tratar de llevar a término la empresa con elegancia y sin aspavientos.

Su giro final, para mí sorprendente, ha sido discutido hasta el punto de que se ha hablado de cobardía, pero, en mi opinión, la revelación añade un aspecto aún más dramático y frustrante, y, es más, tampoco cabe despreciar lo enloquecido que resulta.  

The Children (2008), de Tom Shankland, en unos ajustados y concisos 80 minutos de metraje presenta a unos niños, en principio inofensivos, que, de repente y sin saber muy bien por qué, se tornan peligrosísimos; y los sitúa, a ellos y a sus padres, en un lugar apartado y nevado para que el enfrentamiento se convierta en un mano a mano sangriento que destroza la unidad familiar.

A pesar de caer en algún recurso típico y cansino del género, al igual que The Orphan, la película me ha parecido más que digna. La situación va degenerando con buen pulso, en una lograda progresión de intensidad y sin caer en la tentación de precipitarse, y las figuras infantiles inquietan en buena medida, lo que vuelve a certificar que los niños y su verdad… funcionan. Además, sin abusar de lo explícito en demasía, la película no renuncia a mostrar la violencia y sus consecuencias de manera gráfica; y creo que ese equilibrio entre lo que se ve y lo que queda fuera de campo está muy bien conseguido.

Incluso cabe destacar alguna escena virtuosa, como la que está filmada en plano cenital y que muestra a un personaje descubriendo algo terrible dentro de una especie de tienda de campaña para pequeños. La escena está rodada de manera atractiva y narrada con un tempo preciso, o sea, muy estudiado para tensionar y remover al espectador.

Grace (2009), de Paul Solet, la más floja de este tridente, cuenta, evidentemente, con un tono perverso que gira en torno a las angustias de la maternidad en la figura de una mujer deseosa de quedarse embarazada y que da a luz un bebé que, en principio, parece morir. Sin embargo, se produce una especie de resurrección y la madre se aferra a su hijo, dándose inicio a una enfermiza relación que se plasma mediante alguna imagen incómoda en el conjunto de una puesta en escena cálida y hasta elegante.

Lo que sucede es que, desde mi punto de vista, la propuesta se desenvuelve con anemia, es decir, con déficit de tensión, nervio, fuerza… Es como si transcurriera, durante casi todo su metraje, amagando y sin decidirse a soltar el derechazo. No alcanza las cotas malsanas que uno podría esperar ni logra extraer todo el partido posible a su planteamiento, que lanza ideas al final no consumadas, como el comportamiento de esa inquisitiva suegra que pretende hacerse con la criatura caiga quien caiga.

Mad Men: Temporadas 1 y 2

17 octubre 2009

Fascinado me hallo, he de reconocerlo. Mad Men, una serie norteamericana del canal AMC creada por Matthew Weiner (bien conocido como guionista de varios capítulos de la también fundamental Los Soprano), está suponiendo, para mí, una experiencia audiovisual que se acerca al orgasmo. Muchas son las razones que me conducen al disfrute total: ambientada en los sesenta, se centra en el retrato de los hombres y las mujeres de la época y, en concreto, en su trabajo en la agencia de publicidad Sterling Cooper, en Nueva York. Lo que se nos ofrece es una detenida mirada a la sociedad, a los comportamientos y a las relaciones entre ambos sexos desde una perspectiva sutil y sugerente, desarrollando su discurso mediante el menos es más y conectándolo con ciertos aspectos de la contemporaneidad. Y es que los personajes, que se suelen expresar por medio de miradas, gestos, silencios significativos o diálogos que en muchas ocasiones nadan en la ambigüedad o que demandan de segundas lecturas, son entes definidos con un cuidado exquisito.

A nivel formal, la serie alcanza una gran altura. Escenarios y vestuarios impecables, suaves transiciones entre escenas, escasos (o ningún) recursos visuales epatantes… En definitiva, un estilo elegante que, de tan ajustado, casi resulta invisible. Y aunque sea un tópico señalarlo, es como si nos transportara a esa época con enorme credibilidad.

Pero es imposible hablar de Mad Men sin resaltar la compleja figura de su protagonista, Donald Draper (Jon Hamm, soberbio), un hombre hecho a sí mismo que ha decidido lanzarse en una constante huida hacia adelante. Las revelaciones acerca de su pasado y de una identidad que le persigue lo sumen en un brete que, a pesar de su gravedad, no impide que mantenga el tipo y continúe su camino a trancas y barrancas, en permanente lidia entre su faceta interior, no del todo explicitada, y su interacción con lo que le rodea. El personaje, de excelente imagen, de ejemplar porte, es un publicista extraordinario cuya vida personal se tambalea. Aunque tiene un hogar idílico (una buena casa, estupendos ingresos, una esposa dulce, dos hijos pequeños), se siente vacío, desencantado, y busca otras alternativas fura del círculo familiar que rellenen sus lagunas existenciales. Los devaneos, claro, le meterán en serios problemas que se acrecientan hasta estallar. Y lo tiene bien empleado por su reprobable conducta moral, aunque, es curioso, el personaje tiene arrestos para cautivarnos, para seducirnos.

No es Draper el único estímulo, desde luego. Otros personajes tienen mucho que decir, como el arribista (y, en el fondo, frustrado) Peter Campbell, el mujeriego Roger Sterling, la atormentada Betty Draper (que fluctúa entre muy diversos estados de ánimo como consecuencia de su situación, encajada en la pasividad de la ama de casa dejada de lado) o la esforzada y tenaz Peggy Olsen. No es una serie, por lo tanto, que se agote en el protagonista estelar como gran alma mater, sino que funciona extrayendo partido del reparto coral, cada vez más entonado y perfilado en apoyo de unos intérpretes excelentes.

Podríamos aquí citar multitud de diálogos modélicos, de frases ingeniosas y sagaces. El texto es grande. Pero no es el lugar: lo mejor es experimentar por uno mismo el arte de la palabra que los guionistas brindan a sus personajes. Ya el primer capítulo es representativo, y me refiero a la ingeniosa manera en la que Draper “salva” a Lucky Strike mediante un slogan publicitario: “It’s toasted”

Actualmente está en emisión la tercera temporada. Seguiremos disfrutando… e informando.

Trick’r Treat

1 octubre 2009

Trick’r Treat (2008)

De Michael Dougherty.

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Resulta, creedme, demencial que una película como Trick’r Treat haya sido finalmente condenada al lanzamiento directo en DVD en Estados Unidos. De hecho, supone una auténtica injusticia que este estupendo producto no merezca un estreno en salas, puesto que su calidad es muy superior a la mayoría de estrenos fantásticos que hemos visto últimamente. Pero, en cualquier caso, aquí estamos para reivindicarla y subrayar su interés para el aficionado tal y como se está produciendo en foros y blogs (como Hombre Lobo en su bitácora, por ejemplo), en donde se elogia, y con razón, la película de Michael Dougherty, a la que ya hemos podido tener acceso gracias a las redes.

Trick’r Treat es una celebración, una fiesta, a la que hemos sido invitados por cortesía de Dougherty y compañía, cuya labor denota un gran amor por el género fantástico, el cómic, las antologías de historias (cruzadas) y la iconografía de Halloween (perfectamente plasmada en la estética). Desde los títulos de crédito, nos cercioramos de manera explícita de que lo que vamos a ver reverencia el espíritu negro, macabro, fatalista, sorprendente e irónico de los míticos cómics de la EC. Y así, desde luego, es: desde una óptica que mezcla lo siniestro con lo divertido y manteniendo un respeto total por el aspecto lúdico de la fecha, asistimos a los sucesos fantásticos que tienen lugar en una noche embrujada en la que todo puede ocurrir, pues por ahí campan auténticos monstruos que se confunden entre la multitud que sale a las calles. Seres humanos disfrazados, ocultando su identidad, y criaturas extrañas que pasan desapercibidas. ¿Quién es quién? ¿Qué ocurrirá cuando se topen unos con otros? ¿Alguien está a salvo? ¿Cabe mayor estímulo?

Su estructura se basa en la narración de cuatro historias que en algún momento confluyen, se cruzan, en el marco de una misma localidad y durante la noche de Halloween. Principio y final están relacionados, cerrando el círculo y acabando por conectar, con cierta habilidad, lo que ha ido sucediendo. En todas ellas, como es sabido, nada es lo que al comienzo parece, de modo que se desarrollan por vericuetos y giros deliciosos, encantadores, que logran un equilibrio entre ingenuidad (por su grado de previsibilidad y la renuncia a indagar en cotas muy incómodas) y madurez (por asimilar los referentes con inteligencia y criterio). Más que suficiente, por lo tanto, a la hora de satisfacer a espectadores de diversa índole.

No es fácil destacar unas historias por encima de otras, y tal cosa es señal de que el conjunto es sólido y está bien hilvanado. Aunque, a decir verdad, no me resisto a hacer referencia a la protagonizada por Brian Cox, que ha de hacer frente a una violenta criatura cabezona en un fragmento encarnizado.

Muy disfrutable, en definitiva. Y perfecta, ya lo creo, para verla el mismo día de Halloween, que ya está cerca, si bien, para rizar el rizo, recomendaría ponerla de programa doble con la bruta Halloween II, de Rob Zombie. El contraste sería morrocotudo.

Halloween II

25 septiembre 2009

Halloween II (2009)

De Rob Zombie.

(El siguiente texto puede contener ciertos spoilers)

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Con Halloween II, Rob Zombie, definitivamente, ha decidido llevarse el icono a su terreno más reconocible, ofreciendo una propuesta sórdida, sucia, brutal, que avanza a base de golpes secos y frontales que no pueden dejar indiferente a aquellos que se acerquen a ver este auténtico puñetazo encima de la mesa. Se ha desatado, en fin, de tal forma que ha logrado que esta segunda parte resulte más personal, libre y atrevida que la primera, en exceso deudora de la influencia del clásico de John Carpenter durante la segunda parte de su metraje. Para entendernos, esta modélica secuela es más propia de un director tan malsano y físico como el que nos ocupa.

Se trata, en verdad, de un slasher hipervitamiado que se desarrolla según un tono demoledor, arrollando a todo el que se ponga por delante, ya sea personaje-víctima o inadvertido espectador en función de la fuerza de un Myers convertido en un tren de mercancías que atropella a todo lo que le rodea, que en esencia consiste en white trash (ojo a la cantidad de seres detestables -puros despojos- con los que se cruza). Ostenta una fisicidad tremenda gracias a la creación de un ambiente de profundo malestar y muy reconocible, en el que uno se mete de cabeza, y a la filmación rabiosa de una acción violenta hiriente plasmada sin concesión alguna. Es… explosiva.

Hay una cuestión, además, que será muy debatida y que hace referencia a la inserción de ciertas escenas que penetran en la psique de Michael Myers y Laurie. Es, sin duda, la decisión más arriesgada de la película, y es de suponer que a algunos les parecerá una vertiente ridícula, chirriante, tanto por la forma mediante la que Zombie la muestra, en escenas entre fantasmales y oníricas, como por la idea en sí. Yo, en cambio, lo aplaudo porque lo considero un vehículo para ir más allá, para evolucionar hacia el fuero interno de los personajes, ya tan turbados que abandonan lo terrenal para estar influidos por algo que aparece a modo de conciencia o de deseo oculto e íntimo.

Tiene garra, nervio, ritmo, y el director de Los renegados del diablo sabe otorgar atmósfera a la pesadilla y componer instantáneas inquietantes, de una belleza macabra, como aquella que sitúa en el mismo plano a la inocencia (un niño pequeño participando de la noche de Halloween) y al mal de vuelta de todo (nuestro gigantesco monstruo, quieto y de frente al chico). Porque uno de los aspectos que más me gustan de este realizador es que siempre tiene presente las texturas setenteras, aquellas que nos absorben para transportarnos a un horror despiadado, contundente, palpable.

No falta, desde luego, la mala leche característica de las propuestas irreverentes. Así, se lanzan algunos dardos envenenados a los sensacionalistas night shows televisivos, a la tajada comercial que se aprovecha de los grandes sucesos/tragedias en formato de libro o conferencia… La familia Myers, disuelta, ha sido víctima de la desgracia y sus miserias son, aún años después, aprovechadas por los buitres carroñeros, Dr. Loomis incluido, para sacudir a una sociedad fascinada con el lado oscuro y que consume el producto.

Y como colofón, un clímax final por todo lo alto imbuido de una áspera poesía que pone en su sitio a unos y a otros, prolongando el mal, que no se puede extirpar, como irrenunciable herencia familiar, de sangre.

Halloween II es una experiencia tan visceral que su propio poderío me arrastra, como si fuera un torbellino visual y sonoro (mucha atención a la música -el uso y la elección de una canción clásica donde las haya, “Nights in White Satin”, son corrosivos- y a los sobrecogedores sonidos).

Malditos bastardos

18 septiembre 2009

Malditos bastardos (Inglourious Basterds, 2009)

De Quentin Tarantino.

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Desde luego, la última y esperada película de Quentin Tarantino arranca por todo lo alto: el primer, digamos, fragmento, con la visita del temible coronel nazi Hans Landa a una granja en busca de judíos ocultos, está, seguramente, entre lo mejor que haya rodado jamás en toda su carrera. Oro puro y reluciente. La tensión y el suspense que crea mediante diálogos, silencios y miradas resulta absolutamente de órdago; y es que comienza apoyándose en los códigos del spaghetti western y, rápidamente, en ese mismo fragmento o capítulo, muta en un duelo psicológico de aúpa, capaz de tener con los huevos de corbata a cualquier mortal. Ese largo diálogo, que se corta con un cuchillo, entre ese hombre desconcertante, Landa, y el granjero Lapadite es del todo angustioso gracias al pulso del director, dilatando deliberadamente los tiempos de la conversación, y a la excepcional interpretación de Christoph Waltz y Denis Menochet, que soportan sobre sus hombros la presión, el tira y afloja, y cumplen sin mácula su cometido. Y, por si fuera poco, el desenlace de este primer tramo resulta clave en el devenir de la H(h)istoria.

Tras este comienzo a nivel estratosférico, el director continúa su narración mediante capítulos, desgranando situaciones y sucesos que, poco a poco, conformarán un todo hasta desembocar en un final muy coherente y bien atado que, en una maniobra atrevida, transgrede y altera la Historia de la Segunda Guerra Mundial remodelándola a su antojo mediante el instrumento, inmejorable, de una pantalla de cine, cuyo efecto devastador da para muchas lecturas. Cada capítulo, en principio independiente pero que forma parte de una unidad perfecta que supone un encaje de bolillos, es delicioso en sus diferentes estilos remezclados y de enorme riqueza a tenor de los muchísimos detalles (cinéfilos, cinéfagos) que contiene y que seguro se apreciarán mejor en posteriores revisiones.

Los elaboradísimos diálogos (y algunos duran casi 20 minutos), las medidas interpretaciones, los constantes guiños, las múltiples referencias, el estimulante espíritu de metacine y las esporádicas incursiones de la violencia, en brutales estallidos que coronan y zanjan un dramatismo gestado sin prisa alguna, constituyen las herramientas vívidas, de vitalidad incontenible, de un autor que, con Malditos bastardos, ha creado, desde mi punto de vista, una de las películas más interesantes y audaces de los últimos años. Tarantino ha vuelto a demostrar que no hay en él nada conformista y que continúa renovándose a sí mismo, en este caso mediante un proyecto largo tiempo deseado, y evitando resultar plano y predecible.

Porque, en realidad, no podemos negar que supone un riesgo asumido, por ejemplo, el hecho de que el comando de malditos bastardos que da título a la película no ostente el protagonismo. Al fin y al cabo, ese salvaje grupo de combate que arranca cabelleras es un elemento más que tiene una función determinada dentro de un entramado diseñado para ir mucho más allá de la hazaña bélica violenta. Estamos lejos, pues, de Doce del patíbulo, dado que la ambición se expande y el responsable no tiene miedo alguno de dotar de complejidad a la empresa y de desafiar la paciencia del espectador al estirar las secuencias dominadas por los diálogos, que llevan el timing, y construir a piezas el relato.  

Y aunque mucha atención ha acaparado el citado Christoph Waltz, al que le llueven los elogios con merecimiento, es necesario destacar también a la actriz francesa Mélanie Laurent, impresionante en su encarnación de uno de los mejores personajes que he visto en la totalidad, sí, de la filmografía tarantiniana. Ella es… Shosanna.

Imprescindible.

Breve presentación de: Mad Men, el blog

18 septiembre 2009

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Sí, no os habéis equivocado: efectivamente, el título de este nuevo blog que ahora estáis visitando tiene, como ya habréis deducido, su origen en esa maravillosa serie de la televisión norteamericana sobre la que se ha escrito y hablado largo y tendido a tenor de los premios recibidos, los elogios de la crítica y la buena respuesta del público. Así pues, no me lo he pensado dos veces y, ni corto ni perezoso, lo he bautizado como… Mad Men.

Es mi pequeño y modesto homenaje a un producto audiovisual que, hoy por hoy, tal vez ocupa el primer lugar entre las series que siguen en curso. Me declaro, por lo tanto, rendido y apasionado admirador, y de ahí que haya decidido abrir este blog denominándolo como la serie y estableciendo en la cabecera una imagen personalizada que he extraido de este lúdico enlace que permite al usuario crear un personaje que bien podría frecuentar la agencia publicitaria Sterling Cooper.

Habiendo visto tan sólo la primera temporada y aún en proceso de digestión, me siento absorbido por todo aquello que representa, y es mucho, esta creación catódica de Matthew Weiner, uno de los guionistas de otra serie de relumbrón: Los Soprano.

Pero este blog, ojo, no tiene la intención de ser monotemático, es decir, no está dedicado a la serie. Si bien en entradas posteriores glosaré mis impresiones acerca de los capítulos que he visto a modo de balance momentáneo, el objetivo, en realidad, es escribir sobre aquello que me apetezca. Sed, en fin, bienvenidos a este recóndito espacio de la blogosfera en el que encontraréis textos más o menos caóticos, más o menos legibles, sobre cine, televisión y lo que se tercie. Que os sea de provecho (o no).

Saludos.

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